Ella estaba acostada una fría noche de
verano. Era un verano a típico, de esos en los que algunos días de
enero agobian, pero otros cuantos de febrero hielan. Ella estaba
desvelada esperándolo, con la ropa puesta y con lágrimas golpeando
desde dentro de sus párpados. Es que era una de esas noches
introspectivas, una de esas noches que al menos intentan serlo,
porque a veces uno necesita entenderse más allá del automatismo del
sólo hacer. Pero no había espejos cerca, y ella tan materialista,
si no ve su rostro reflejado, se topa con una inmensa dificultad para
entenderse. Lo bueno es que lo intentaba igual.
Mientras tanto lo esperaba, porque
extrañaba el calor de enero, porque ese febrero olía a traición.
El es fiel, el no la traiciona. Pero febrero si, febrero es verano,
pero hace frío, y el frío la pierde, porque la congela, ese viento
que sopla en la esquina de Boedo y se asoma fuerte por su ventana la
esconde.
Esos ruidos de la noche también
inducían traición. Traición porque eran una persiana que se bajaba
y no él girando la cerradura. Traición porque eran los autos a
100km por hora en la autopista y no sus pasos subiendo las escaleras.
Seguía sin encontrarse. Ni la lealtad de sus oídos encontraba,
ella, que siempre escuchaba lo que no debía.
-Esta mañana – pensó- esta mañana
otra vez me sentí incapaz, sentí que no podía. No puedo seguir
así, amaneciendo sin ganas, faltando a mis compromisos. Necesito
entender que me pasa.
Por eso trataba de encontrarse.
Algunas otras veces ya le había pasado
lo mismo. En realidad, casi todos los días empezaban de la misma
manera: des motivantes.
El largo camino que había decidido
emprender no era fácil. Y recién ahora empezaba a tomar dimensión
de ello. Costaba reconocer cada una de las consecuencias de sus
decisiones. Más de una vez se puteó por negarse a la inercia del
deber ser, a la inercia de la masa a crítica que hace sin entender
bien por qué, que nace, vive, come, caga, pare y muere.
-Pasa que yo no quiero ser así. Yo
necesito hacer las cosas de otra manera. Hay veces que me pregunto si
está bien, si está mal, y al rato me doy cuenta de que si pensas
las cosas en esos términos, la vida se vuelve una mierda de verdad,
no porque sea depresiva, una mierda de verdad.
Ese era el discurso. Así justificaba
sus decisiones para los más, para los autómatas. Para esos que es
difícil comprender que algunos venimos con el chip del
cuestionamiento que se activa gracias a esos menos, que por suerte
existen. Esos menos históricos y contemporáneos. La literatura
marxista en si misma, a pesar de ser un cliché, es parte de esos
pocos. Pero Cortázar, Eco, Bradbury y otros tantos menos de la
literatura clásica también cuentan y suman. Esos que hoy siguen
soñando más allá de lo estipulado, desde ya que también cuentan.
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