miércoles, 22 de abril de 2015

Sin terminar

Ella estaba acostada una fría noche de verano. Era un verano a típico, de esos en los que algunos días de enero agobian, pero otros cuantos de febrero hielan. Ella estaba desvelada esperándolo, con la ropa puesta y con lágrimas golpeando desde dentro de sus párpados. Es que era una de esas noches introspectivas, una de esas noches que al menos intentan serlo, porque a veces uno necesita entenderse más allá del automatismo del sólo hacer. Pero no había espejos cerca, y ella tan materialista, si no ve su rostro reflejado, se topa con una inmensa dificultad para entenderse. Lo bueno es que lo intentaba igual.
Mientras tanto lo esperaba, porque extrañaba el calor de enero, porque ese febrero olía a traición. El es fiel, el no la traiciona. Pero febrero si, febrero es verano, pero hace frío, y el frío la pierde, porque la congela, ese viento que sopla en la esquina de Boedo y se asoma fuerte por su ventana la esconde.
Esos ruidos de la noche también inducían traición. Traición porque eran una persiana que se bajaba y no él girando la cerradura. Traición porque eran los autos a 100km por hora en la autopista y no sus pasos subiendo las escaleras. Seguía sin encontrarse. Ni la lealtad de sus oídos encontraba, ella, que siempre escuchaba lo que no debía.
-Esta mañana – pensó- esta mañana otra vez me sentí incapaz, sentí que no podía. No puedo seguir así, amaneciendo sin ganas, faltando a mis compromisos. Necesito entender que me pasa.
Por eso trataba de encontrarse.
Algunas otras veces ya le había pasado lo mismo. En realidad, casi todos los días empezaban de la misma manera: des motivantes.
El largo camino que había decidido emprender no era fácil. Y recién ahora empezaba a tomar dimensión de ello. Costaba reconocer cada una de las consecuencias de sus decisiones. Más de una vez se puteó por negarse a la inercia del deber ser, a la inercia de la masa a crítica que hace sin entender bien por qué, que nace, vive, come, caga, pare y muere.
-Pasa que yo no quiero ser así. Yo necesito hacer las cosas de otra manera. Hay veces que me pregunto si está bien, si está mal, y al rato me doy cuenta de que si pensas las cosas en esos términos, la vida se vuelve una mierda de verdad, no porque sea depresiva, una mierda de verdad.
Ese era el discurso. Así justificaba sus decisiones para los más, para los autómatas. Para esos que es difícil comprender que algunos venimos con el chip del cuestionamiento que se activa gracias a esos menos, que por suerte existen. Esos menos históricos y contemporáneos. La literatura marxista en si misma, a pesar de ser un cliché, es parte de esos pocos. Pero Cortázar, Eco, Bradbury y otros tantos menos de la literatura clásica también cuentan y suman. Esos que hoy siguen soñando más allá de lo estipulado, desde ya que también cuentan.


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