Flashes de una mente atrofiada que no puede decir basta.
Asusta creer que esto sea todo, que el resto de años de existencia guarden no
más que esto. Es el insaciable deseo de algo distinto, algo que realmente
llene.
Me zambullo en las fauces de ese ser que encierro entre toda
esta carne, entre todos estos huesos, y
encuentro pura incertidumbre;
conciencia de la inconsciencia que
desespera. Miles de utopías baratas se
aferran a algunas neuronas, mientras otras tantas luchan por despegarlas.
El precio a pagar por hacer lo que realmente se quiere es en
principio descubrir qué es eso. Más tarde, el sacrificio, ese que degenera, que
agota, que envejece. Y ahí estamos simples mortales, en un viaje de ida tan
corto como la distancia entre nuestros ojos, tratando de cumplir eso que nunca
tenemos en claro qué es exactamente.
Descubrir en un lapso de lucidez que quizás el secreto es
dejarlo ser me tranquilizaría si todos esos entes alienados que me rodean
fuesen verdaderos humanos.
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